CIEN AÑOS DE CORTAZAR

El escritor argentino Julio Cortázar, que nació hace cien años, en una ciudad belga llamada Ixelles, pasó por el mundo para probarnos al menos un par de cosas: que la literatura es esencialmente un juego en el que se pone de manifiesto la extrañeza de la vida, y que, aún cuando se nos escape día por día esta realidad mágica llena de pliegues y así lo más sensato sea acercarse a los hechos a través de la ficción, jamás dejamos de ser responsables de lo que está sucediendo en el fondo y en la superficie de nuestras sociedades.

Cortázar es uno de los grandes cuentistas de la historia: basta leer «Casa tomada», «El perseguidor», «La noche boca arriba»Axolotl» o «Las babas del diablo», para encontrarse con algo nunca antes escrito, nunca antes leído. Pero su compromiso político –que lo puso del lado de las causas latinoamericanas de su tiempo– es parte también de su legado.

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Cortázar formó lectores. Su novela emblemática, «Rayuela», sigue siendo uno de los pilares de la narrativa contemporánea, pero fueron sus relatos breves, que juegan con el tiempo, con el espacio, con la realidad, los que primero probaron que leer literatura es hacer un rompecabezas al que siempre le falta una pieza.

Quien lee a Cortázar juega, descifra un enigma, pone en escena el relato que tiene en frente. Sus numerosos libros de relatos juguetones e inquietantes, de «Bestiario» (1951) a «Historias de cronopios y de famas» (1962), de «Todos los fuegos el fuego» (1966) a «Deshoras» (1982), no solo son el reflejo fiel de una formación en las ficciones anglosajonas (que lo llevó, luego, a convertirse en el mejor traductor al español de la obra de Edgar Allan Poe), sino que además son una lección para todo aquel que quiera aprender la lengua de la literatura.

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Quizás fue aquella niñez enfermiza la que lo obligó a refugiarse en la lectura y en la fantasía. Tal vez haya sido la voz suave, compasiva y firme de una madre, de entreguerras, que no podía creer que su hijo fuera capaz de escribir lo que escribió desde los 9 años. Sea como fuere, el genial Julio Cortázar pasó por la Tierra para defender dos de las conquistas más grandes del hombre: la solidaridad y la ficción. Y sin lugar a dudas lo logró.

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