Jesús Carrasco (Badajoz 1972), es el protagonista de una de las mayores revelaciones litararias de los últimos años con su obra Intemperie, traducida ya en casi una quincena de países antes de su publicación en España.
Intemperie no sólo es el primero de su autor, sino que además los críticos han caído subyugados casi sin excepción ante su novela, y entre los más entusiastas el que no lo ha definido como «una joya», lo ha elevado a la categoría de «clásico» en potencia. La Feria del Libro de Fráncfort, la más importante del continente, consagró y multiplicó la magnitud de este insólito fenómeno internacional. Seix Barral llegó allí con la obra ya adquirida y al final de la cita había vendido sus derechos de traducción a 13 editoriales extranjeras, entre ellas algunas de las más prestigiosas del panorama europeo, que ni siquiera necesitaron aguardar a su publicación en España, evaluar el recorrido de la novela, para cerrar la operación.
A Carrasco, que llevaba media vida escribiendo para sí, todo lo más colocando pequeños relatos «en Babelia y algún concurso de la Ser», empezaron a compararlo con Dino Buzzati, Faulkner o Coetzee, pero en especial con Delibes y Cormac McCarthy.
Toda esta expectación la ha conseguido el autor con una trama mínima, esencial: un niño que huye de su hogar, con el aliento de algo terrible en los espacios en blanco del relato; su encuentro con un pastor áspero y noble que sobrevive en el secarral de una llanura que, de infinita y quemada por el sol, se hace opresiva, también por la persecución sin tregua de un violentísimo alguacil enfebrecido de vileza que tiene sometida a la población del lugar. Desdibujado hasta casi la abstracción el tiempo (no hay fechas, sólo alguna pista vaga), y desposeídas sus criaturas de nombres propios, la narración se desliza, con un léxico rico y preciso que se derrama con placer sobre todas las cosas del campo, hacia los territorios del mito, donde las historias siempre han pasado antes y seguirán pasando más allá de su encarnadura individual.

